En los años sesenta, años después de los publicitados 25 años de paz del franquismo, la Semana Santa eran unos días muy curiosos, donde el dolor, la alegría, el luto y el colorido se mezclaban de forma aleatoria según el día de la semana. El Domingo de Ramos, había que estrenar algo (el que pudiera), por tanto era día de color y alegría, principalmente para los estudiantes por que suponía que detrás venía una semanita de no dar golpe, vacaciones que al margen de lo religioso eran muy bien venidas en unas fechas primaverales.  
        
  En mi pueblo, teníamos desde el domingo hasta el viernes,  distintas procesiones que nos hacían revivir el sentimiento religioso inculcado desde la infancia. Los nazarenos repartían caramelos en algunos de los desfiles (no en todos), lo que hacía nuestra felicidad más completa, ya que en aquella fecha no todos podían saborear esas costosas golosinas. Lo malo de esa semana, es que había que estar unos días sin cantar, sin silbar o mostrar el más mínimo júbilo, ya que los mayores, principalmente las madres, te reprendían diciendo que eran días de luto, que había muerto el Señor, y que había que estar en silencio, hasta el Domingo de Resurrección. Esto último, para mí era lo más duro de la Semana Santa, ya que siempre me gusta canturrear algo o silbar lo que me apetecía, y ese tétrico silencio impuesto me fastidiaba.  
     
 

 
     
  Pocos años después, en la adolescencia, con el desarrollo industrial, la llegada de los automóviles "Seat 600", y los turistas, las cosas fueron cambiando un poco. Ya me gustaban menos los nazarenos y sus caramelos, y sin embargo las niñas me llamaban más la atención, junto a los amigos, salíamos a ver las procesiones, pero sobre todo, las muchachas que iban a lo mismo, a veces hacíamos guateques (casi siempre a escondidas), donde Los Brincos, Los Pasos o Los Mitos, hacían que nos olvidáramos del luto semanasantero y por unas horas viviéramos como si el pecado y el mal no existiera. Por otro lado estaba el cine, donde seguían poniendo películas típicas como Los Diez Mandamientos, Ben Hur, Rey de Reyes o La túnica sagrada. En los medios de comunicación, se emitían músicas religiosas, sermones y saetas que hacían más tristes y aburridos aquellos días. Pero como el progreso se imponía y las costumbres de otros lares comenzaron a llegar, nacieron las salidas del pueblo (para los que disponían de coche), a las playas y otras ciudades, en esas fechas los accidentes de tráfico ya comenzaban a ser triste noticia, y en este sentido, recuerdo una homilía de un párroco donde más o menos decía: "iros con el coche para disfrutar de las playas, en lugar de pasar unos días de recogimiento espiritual, ya veremos cuántos vuelven y cuántos se quedan en la carretera .. iros .. iros .."  La verdad, es que ante estas ceñudas palabras, cualquiera era el listo que se atrevía a salir de la ciudad.  
     
  De aquellas semanas santas en blanco y negro, lo que más me llamaba la atención, además de los que iban descalzos en las procesiones, era el juego autorizado de cartas, ya que durante los Jueves y Viernes, la Guardia Civil permitía que se jugara al vicio (es decir, con pesetas), a las cartas en una especie de casino. Los naipes de toda la vida corrían en dicho centro más que las procesiones, se podía apostar a las "siete y media" y otros juegos, todo el dinero que pudieras, desde una peseta, hasta el infinito, sin que ello fuera pecado como el resto del año, ni delito de ningún tipo, por ser Jueves y Viernes Santos, había muerto el Señor y las autoridades lo permitían. La hipocresía reinante, nos recordaba que más de uno de los vecinos se había arruinado por estos juegos de cartas, pero no durante la Semana Santa, sino en partidas privadas que también se hacían en distintas fechas.  
     
 

 

 
     
  Con la llegada de la Democracia, el fin del franquismo y la religiosidad impuesta, algunos vaticinaban que la Semana Santa, tal y como la concebíamos en los años sesenta, desaparecería, pero en el siglo XXI, han habido muchos cambios, por ejemplo ya se puede jugar en los autorizados casinos, hay bingos y otras salas de juego donde podemos regalar el dinero que queramos, las emisoras de radio emiten todo tipo de programas (incluso retransmisiones de procesiones), las cadenas de tv y cines, no sólo ponen las películas de entonces, los guateques ya no existen, pero hay discotecas, salas de fiestas y locales para visitar libremente. Las salidas de las ciudades en esas fechas, se han multiplicado enormemente, como el número de accidentes en carretera, las procesiones siguen con una mezcla de fervor, curiosidad, folclore y tipicismo para turistas, que nunca dejan de asombrar a los que las ven por primera vez.  
     
 

 
     
  Por último, digamos que como en todas las fiestas religiosas, el tema gastronómico tiene su importancia, si en las Navidades priman los turrones, en la Semana Santa hay que mencionar las torrijas, el bacalao,  las monas de Pascua, etc. En aquellos años, la Cuaresma se seguía con interés culinario ya que resultaba un buen notición poder comer carne después de tantos días de abstinencia. No se hablaba de las vacas locas ni de los elementos extraños que se añaden a los animales para engordar y que pesen más, la carne de entonces, no sabemos si por la Cuaresma o por la pobreza, sabía mejor y era justo premio al prolongado ayuno religioso.  
     
  Los niños de ahora, tienen sus bollicaos, llevan móviles para que los padres puedan localizarlos durante las procesiones, si se aburren, pueden jugar con la playstation, llevan euros en sus bolsillos, o tarjetas de crédito, si quieren puede cantar en casa, con karaoke, o como quieran, pueden saltar o reír en las fechas de Semana Santa, ya que nadie les reprenderá, pero seguro que dentro de unos años, los padres dirán a sus hijos que ellos tuvieron unas Semanas Santas más duras.  
     
 

Joaquin Azareno 08

 
     
 

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